Julio 27 del 2019

La comuna 5 está ubicada en Medellín en la zona noroccidental, y dicen que no podés pasar por ahí sin tocar la 68. “Hace varios años, antes de la época de Pablo Escobar, esto todo era una sola cosa; no habían barreras invisibles, ni esas divisiones, esto era Castilla y ya.” Dice Caliche, nuestro guía en la caminata punk, y baterista de Desadaptadoz.

Durante los primeros minutos hace una introducción ligera pero contundente de lo que fueron las dinámicas juveniles alrededor del rock en los 80’, y cómo el punk marcó un antes y un después para muchos. Nos cuenta de “las notas” y cómo caían 60, 70 o 100 pelados en una casa para escuchar música y tomar alguito; no muy diferente a lo que sucede hoy con otros jóvenes, con otra música, y con otros tragos. Menciona a “la people”, “la power”, “los buitres” y nos señala los lugares donde se parchaban antes esas galladas (grupos de pelados con un género musical y características en común), mientras nos describe cómo solían ser esos lugares: basureros, casas abandonadas, muros al azar.


Alrededor de las 2:30 pm partimos de la Francisco Antonio Zea, caminando un par de cuadras para arriba; nos sentamos en un parque, no funciona bien el micrófono, por lo que Caliche dice “mejor así” y procede a contarnos a todo pulmón cómo ahí donde nos sentábamos ahora nosotros, se sentaban antes la primera gallada punk del barrio: los killer. La música como símbolo de unión, los discos como herramienta de poder. “No cualquiera tenía un disco, y el que lo tenía, movía todo” Nos dice recordando. Claro, uno teniendo tantas plataformas digitales ahora, se le olvida que ese tipo de magia era antes un privilegio. “La gente prestaba muy poco los discos porque se los casposeaban.”“Casposear significa masificar algo; perdía el valor, entonces no los prestaban, o el dueño se ofrecía a copiarlo y muchas veces no copiaba la mejor canción, o cortaba partes." Explica entre risas.


“Y bueno, empezó la nueva violencia con el narcotráfico en el 89, 90…” nos cuenta mientras andamos. Inicia la estigmatización de la juventud en Medellín, la plaga de la basuca, la guerrilla trasladándose del monte al casco urbano, y las tendencias izquierdistas del sector, que en esos días se consideraba un “punto rojo”; múltiples violencias en las que los jóvenes terminaron por ser blancos y protagonistas. “Los combos privatizaron los espacios públicos” dice Caliche con nostalgia, y nos habla de cómo eso los empujo a movilizarse y crear colectivos en el barrio para resistir, de alguna manera, desde el arte y el punk.


Seguimos caminando por un rato y pasamos por la casa de “el negro” quien les rotaba discos, la de Oscar, su amigo eterno, y nos cuenta cómo se comunicaban de plancha a plancha porque todos se tenían ahí cerquita. Tomamos asiento frente lo que alguna vez fue “El sótano”, un bar que hicieron ellos a lo ilegal, y que no duró mucho por las disputas intrabarriales. Unos pasos más adelante vemos un carro digno de fotografiarse, y guardamos la imagen en cámara y celulares, mientras esquivábamos carros que pasaban por el lugar.

“Se celebraba el sonido sucio” nos cuenta respecto a las grabaciones y habla de cómo tener errores era significativo en ese entonces; lo hacía todo más puro. Nos paramos en el barrio Lenin, y tropezamos con una anécdota sobre el consumo de sacol en el punk; el resúmen es que sólo estaban copiando a otros punkeros que hablaron de eso en una canción, y salieron consumiendo en alguna revista. Habla de cómo Rigo, baterista de Pestes, se vuela un par de dedos, y en un gesto de solidaridad varias bandas hacen la “Batalla de Bandas” para recaudar fondos y ayudarlo; eso fue en el 85, y pienso que ese ir y venir entre décadas le da un aire dinámico a los relatos.

“Fuerte, corporal, original, sucio” son las palabras que utiliza para referirse al punk de medallo. Explica cómo su vestimenta era un sustento para su discurso; una socio-estética. Jóvenes críticos frente a su realidad y rebeldes ante la misma, intentando crear una identidad a partir de la música. Frente a los toque de queda, toques de salida con conciertos. Ante las fronteras invisibles, caminatas por todo el barrio. Frente al silencio, un par de poemas sacados del “Manifiesto Punk”.


“Vamos, vengan, a paso de punkero” nos dijo un par de veces para que nos moviéramos rápido. Caliche es un bacán. Al final del recorrido, al lado de una piedra que lleva pintada alrededor de 30 años a punta de retoques, hablamos un rato de Rodrigo D no futuro, de la juventud, de sus dinámicas, de la búsqueda constante de símbolos identitarios, de la música y el arte como resistencia, como revolución; de cómo un par de punkeros, 3 metaleros y algunos reggaetoneros se sientan hoy a charlar. Hablamos y nos percatamos de que la memoria de las comunidades está también en unos casetes viejos, un par de calles rayadas, y algunas cartas de hace años; cómo las historias de ellos replican en nosotros, y cómo el reconocimiento ayudará a respetarnos más como individuos. Hablamos, y vamos pa’ el Sub, un barsito por la 68, por polita, y música.


Por: Juanita Ceballos