Por: Jota De
En el artículo de la periodista Jordana Timerman se presenta un agudo análisis sobre el retorno de una política exterior estadounidense basada en el control y la injerencia en América Latina, encarnada en la figura de Donald Trump. A partir de un contraste histórico con el gobierno de Jimmy Carter y los tratados Torrijos-Carter de 1977 —que devolvieron a Panamá la soberanía sobre el canal interoceánico—, Timerman va a identificar un viraje en la política exterior de EE. UU., donde resurgen los principios de la Doctrina Monroe, bajo una versión recargada, agresiva y autoritaria, más propia del siglo XIX que del XXI.
El texto inicia con un recorrido por la historia del Canal de Panamá, destacando el rol de EE. UU. en su construcción, ocupación y eventual transferencia. Menciona cómo el presidente Roosevelt utilizó la política de “gran garrote” para garantizar el control estadounidense en la región, interviniendo militarmente para asegurar la independencia de Panamá de Colombia en 1903 y luego imponer su soberanía sobre la franja canalera. Esta actuación fue justificada bajo la Doctrina Monroe, reinterpretada como carta blanca para consolidar a EE. UU. como policía regional del hemisferio occidental.
El artículo pone especial énfasis en el giro que representó Jimmy Carter, quien, al reconocer la injusticia cometida contra el pueblo panameño, firmó los acuerdos de devolución y consolidó un estilo diplomático más multilateralista y respetuoso de la soberanía latinoamericana. Esta postura se ejemplifica también con las presiones del gobierno de Carter hacia las dictaduras del Cono Sur, especialmente en Argentina, a través de una política de derechos humanos que marcó un distanciamiento de los apoyos previos a regímenes autoritarios.
Sin embargo, Timerman contrasta esta fase con la actualidad, en la que el retorno de Trump al poder ha reactivado los impulsos hegemónicos e intervencionistas de Washington. El presidente electo ha expresado su intención de revisar los tratados con Panamá, ha presionado gobiernos centroamericanos para endurecer su política migratoria, e incluso ha amenazado con intervenir militarmente en otros países bajo el pretexto del combate al narcotráfico. Su retórica ha sido acompañada por una diplomacia de coerción que ha logrado impactos inmediatos: Panamá se ha retirado de la Iniciativa de la Franja y la Ruta impulsada por China, ha endurecido sus políticas migratorias y ha comenzado a revisar concesiones portuarias a empresas chinas.
El artículo cierra advirtiendo que el resurgimiento de esta “nueva Doctrina Monroe” puede tener efectos geopolíticos adversos para EE. UU. en un contexto global marcado por la multipolaridad, la emergencia de los BRICS, y la expansión de la influencia china en América Latina. El unilateralismo, sostiene Timerman, ya no garantiza estabilidad ni hegemonía; por el contrario, puede acelerar la pérdida de influencia estadounidense frente a nuevos actores internacionales con propuestas de cooperación distintas.
La tesis de Timerman sobre el “retorno” de la Doctrina Monroe es potente, pero puede llevar a una lectura equívoca si se entiende que dicho principio imperialista alguna vez fue abandonado. En realidad, como señalan autores como Walter Mignolo (2014) y Ana Esther Ceceña (2019), la Doctrina Monroe ha operado de forma ininterrumpida como el sustento ideológico de la política exterior estadounidense hacia América Latina, aunque haya cambiado de forma, intensidad o narrativa. La “mano blanda” de Carter, por ejemplo, no debe ser idealizada: si bien representó un enfoque más diplomático y respetuoso, seguía respondiendo a los intereses estratégicos de contención del comunismo y mantenimiento del control hemisférico durante la Guerra Fría.
Incluso la ayuda humanitaria o los programas de cooperación han estado condicionados por la lógica geopolítica del “soft power”, como advierte Jean Bricmont (2005), quien define el imperialismo humanitario como la imposición de modelos políticos y económicos bajo el disfraz de los derechos humanos y la democracia liberal. De este modo, los tratados Torrijos-Carter deben analizarse no solo como una rectificación histórica, sino también como un movimiento calculado para prevenir una insurgencia nacionalista en Panamá y garantizar el tránsito seguro de buques en un momento clave de la Guerra Fría.
Por otro lado, uno de los aspectos más valiosos del artículo es su mención a la reconfiguración del orden internacional. La emergencia de China como potencia y la articulación de los BRICS plantean nuevos equilibrios geopolíticos que reducen la capacidad de imposición unilateral de EE. UU. Sin embargo, aquí cabe una crítica y una advertencia: el avance de China en la región no garantiza una relación menos desigual o más justa, porque la multipolaridad puede convertirse en una multipolaridad imperial, donde las potencias disputan territorios, recursos y mercados, pero sin modificar las relaciones de dependencia ni poner en el centro la soberanía de los pueblos.
El caso de Panamá y su relación con China es clave porque mientras algunos sectores ven en la inversión china una oportunidad para el desarrollo, otros denuncian nuevas formas de endeudamiento, pérdida de soberanía e imposición de condiciones opacas. Por ello, la tarea no es cambiar de amo, sino construir una soberanía regional articulada desde abajo, con integración latinoamericana, justicia económica y autodeterminación territorial.
Así mismo, la política migratoria descrita en el artículo es un claro ejemplo de cómo EE. UU. utiliza mecanismos de presión para forzar a los países latinoamericanos a convertirse en guardianes de frontera tercerizados. Los llamados “acuerdos de tercer país seguro”, la militarización de las fronteras y la criminalización de la migración son estrategias que trasladan el problema sin resolver sus causas estructurales. En vez de políticas de corresponsabilidad internacional, se imponen condiciones inhumanas a países que ya enfrentan crisis sociales profundas como Venezuela, Cuba, Nicaragua y Colombia.
Este uso de la amenaza como herramienta de diplomacia va a evidenciar la decadencia del liderazgo estadounidense, sin embargo, también posiciona una respuesta cada vez más firme de sectores sociales, pueblos indígenas, juventudes y movimientos populares que reclaman una descolonización integral de las relaciones internacionales.