Por: Jota De
La muerte de José "Pepe" Mujica es la partida de un revolucionario. En este caso, proponemos un momento para detenernos y preguntarnos qué significa hoy, en tiempos de desencanto, la palabra coherencia. Mujica, el guerrillero que fue preso en condiciones infrahumanas durante más de una década, el campesino austero que rechazó los privilegios del poder, el político que hablaba sin eufemismos, encarnó una forma de hacer política que resulta cada vez más escasa: la política al servicio del pueblo, no del mercado.
Desde los fusiles de los Tupamaros hasta el micrófono presidencial, la vida de Mujica fue una trinchera ética. Nunca se desligó de la realidad material de los pobres, nunca se desclasó. Gobernó desde una chacra y no desde una torre de marfil. Su renuncia al lujo no fue un gesto simbólico; fue un acto de guerra contra la lógica neoliberal que nos enseña que el éxito es acumular y no compartir.
Pepe representó, con todas sus contradicciones, una utopía viva. Demostró que se puede gobernar sin corromperse, que se puede hablar desde la izquierda sin vender el alma a las embajadas, que se puede ser revolucionario también en el lenguaje, en los modos, en los gestos. En un continente atravesado por la traición de muchos líderes progresistas, su figura es un ejemplo tenue pero firme. Su discurso no era una consigna vacía, sino la continuación de la lucha con otras herramientas.
Hoy, desde Medellín y desde las comunas que seguimos resistiendo, el legado de Mujica nos interpela. ¿Qué estamos dispuestos a perder por un mundo más justo? ¿Hasta dónde nos atreveremos a vivir como hablamos?
Porque la revolución también es sembrar una flor. También es compartir el pan. También es bajarse del ego capitalista de tener. Pepe Mujica no fue perfecto, pero nos enseñó que la política no tiene sentido si no es para transformar vidas. Por eso, en tiempos donde se asesina el pensamiento crítico y se banaliza el poder, el ejemplo de Mujica sigue siendo un acto de rebeldía. No para idealizarlo, sino para inspirarnos en su terquedad de seguir creyendo que otro mundo es posible, siempre que estemos dispuestos a ensuciarnos las manos en la tierra del pueblo.