La imagen es de una violencia simbólica devastadora, aunque los grandes medios intenten venderla como un triunfo de la "diplomacia de alto nivel". Ver a Gustavo Petro, el exguerrillero que prometió que el país dejaría de ser el patio trasero de Estados Unidos, sentado dócilmente junto a Donald Trump, después de intimidarlo con su frase del "jaguar", no es una victoria; por lo contrario, es la escenificación de una derrota histórica. Esa fotografía en la Casa Blanca no retrata un diálogo entre iguales, sino la confirmación de que por más retórica incendiaria que se maneje en Twitter, sigue peregrinando hacia la metrópoli para recibir la bendición del César.
Existe una falacia recurrente en el análisis de política exterior que confunde el pragmatismo con la subordinación. Se nos dice que las relaciones internacionales exigen "madurez", que los intereses nacionales están por encima de las ideologías y que dialogar con el opuesto es necesario. Sin embargo, la teoría crítica nos enseña que la diplomacia nunca es un espacio neutro; es la continuación de las relaciones de dominación por otros medios. Por eso, cuando un líder que se autodenomina "Potencia Mundial de la Vida" legitima con su presencia y sus sonrisas al artífice del negacionismo climático, al promotor del muro fronterizo y al representante más crudo del imperialismo neomercantilista, no está siendo pragmático. Está siendo funcional. Está blanqueando la barbarie bajo la excusa del protocolo.
La historia reciente de América Latina nos ofrece un espejo incómodo donde esta visita se refleja deforme. Hace casi dos décadas, en Mar del Plata, la región vivió su momento de mayor dignidad geopolítica. Fue allí donde Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Lula da Silva, con sus matices y contradicciones, trazaron una línea roja frente a George W. Bush. El "ALCA, al carajo" no fue un exabrupto populista; fue una acción de soberanía y autonomía económica y, sobre todo, una ruptura epistemológica con la idea de que el desarrollo del sur global depende de la benevolencia del norte. Aquellos líderes entendieron que la única forma de negociar con el águila, no es desde la sumisión de la alfombra roja, sino desde la construcción de una autonomía regional que incomode, que cueste, que tensione.
Petro, en cambio, ha optado por el camino inverso. Su visita a Trump marca el tránsito doloroso del antagonismo a la cooptación. Al buscar la validación de Washington, el presidente colombiano acepta implícitamente que la legitimidad de su gobierno no reside únicamente en el mandato popular de las urnas colombianas, sino que requiere "luz verde" del poder imperial. En ese sentido, es la reactualización del complejo colonial: el gobernador local necesita que la Corona ratifique su autoridad. Lo trágico es que Petro lo hace envuelto en una retórica progresista que se desmorona al cruzar el umbral del Despacho Oval. Lo ovaciona, se siente orgulloso y presume sus regalos y dedicatorias como si se tratara de su mejor amigo. ¿De qué sirve denunciar el genocidio en Palestina o la crisis climática, si luego se corre a estrechar la mano de quien promete acelerar la quema de combustibles fósiles y brindar apoyo incondicional al expansionismo neofascista en el mundo?
Esta disonancia cognitiva revela una debilidad estructural del progresismo colombiano actual: su incapacidad para construir poder real fuera de los marcos institucionales diseñados por el propio neoliberalismo que dicen combatir. El "jaguar", esa metáfora con la que el presidente intentó proyectar fuerza y astucia, ha sido domesticado. Ya no ruge contra los imperialistas; ahora ronronea buscando no perturbar los flujos de capital, ni la "seguridad compartida" que, en la práctica, sigue siendo la doctrina de contención estadounidense con otro nombre.
La visita desnuda, además, una ingenuidad política alarmante o un cinismo calculado. Creer que se puede "humanizar" a Trump o influir en su agenda mediante el encanto personal es desconocer la naturaleza del poder en el sistema internacional. Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses, y esos intereses se perpetúan mediante la extracción de recursos y el control geopolítico del hemisferio. Al sentarse allí, sin una agenda de ruptura, sin un bloque regional detrás que lo respalde (como sí lo hubo en 2005), Petro se ofrece voluntariamente como una pieza más en el tablero de ajedrez de Washington, útil para mantener la estabilidad en el "vecindario" mientras el imperio se ocupa de sus pugnas con China.
Lamentablemente en su rueda de prensa, más que incertidumbres sobre el interés de Colombia y no sobre la región, deja claro que la agenda con Trump respecto a la situación con Venezuela es, sobre como Colombia apoyará el "transito democrático" a través de la incidencia de ECOPETROL sobre el petróleo del país hermano. ¿Era entonces el interés de Petro también saquear la Venezuela de Bolívar?
El mensaje que queda para los movimientos sociales, para la militancia que puso el cuerpo en las calles, es desolador: los límites de lo posible están dictados por el norte. La "paz total" y la "soberanía regional" quedan supeditadas a que el amo no se enfade demasiado y nos bombardee, o quizás, venga a establecer su doctrina de libertad.
Siendo así las coas, la izquierda latinoamericana alguna vez supo que la dignidad tiene un precio y que ese precio suele ser el conflicto con el poder hegemónico. Hoy, esa lección parece olvidada en los pasillos de la Casa de Nariño. Si la resistencia al ALCA fue el grito de un continente que se ponía de pie, la visita de Petro a Trump es el susurro de quien se arrodilla esperando que, al menos, le permitan conservar el cargo. La pregunta que queda flotando no es qué consiguió Petro en esa reunión, sino qué entregó a cambio de esa foto. Y la respuesta, me temo, es lo poco que quedaba de nuestra soberanía simbólica.

