Por: Jota De

"Váyanse al carajo, yanquis de mierda, que aquí hay un pueblo digno. ¡Aquí hay un pueblo de pie!" > — Hugo Chávez Frías

La historia de América Latina no es circular, pero rima con una insistencia macabra. Hoy, Venezuela sigue siendo el epicentro de un terremoto geopolítico que no tiene su origen en las fallas tectónicas del Caribe, sino en los despachos de Washington. Mirar la situación actual de Venezuela sin los lentes de la crítica antiimperialista es un ejercicio de ingenuidad política. No estamos ante una "crisis humanitaria" espontánea; estamos ante la crónica de un asedio planificado.

La obsesión del Imperio

El Comandante Chávez lo advirtió con una claridad profética: el apetito del norte no conoce de saciedad. Estados Unidos no "sanciona" para corregir rumbos democráticos; sanciona para disciplinar, para quebrar la espina dorsal de la soberanía.

La narrativa de la Casa Blanca cambia de voceros —sean demócratas sonrientes o republicanos estridentes— pero el objetivo permanece inalterable: el control de la reserva energética más grande del planeta y, simbólicamente más importante, la destrucción del mal ejemplo. Venezuela debe caer no solo por su petróleo, sino porque se atrevió a decir "No".

El bloqueo económico no es una herramienta diplomática, es un arma de guerra de cuarta generación diseñada para que el pueblo sufra, esperando que el hambre se convierta en insurrección. Es la vieja doctrina del garrote, maquillada con comunicados de prensa sobre "derechos humanos" redactados por quienes bombardean Gaza.

Colombia: ¿Cabeza de playa o hermano de sangre?

Aquí es donde la mirada debe volverse, crítica y severa, hacia nuestro propio suelo. Históricamente, la oligarquía colombiana ha jugado el triste papel del Caín de América. Durante décadas, Colombia se prestó como el portaaviones terrestre de los intereses norteamericanos, la "Israel de América Latina", desde donde se orquestaron provocaciones, incursiones y se validó el cerco diplomático contra la Revolución Bolivariana.

Hoy, la situación nos exige una reflexión profunda. La normalización de relaciones no puede ser solo un acto de pragmatismo comercial; debe ser una reparación histórica.

Colombia se enfrenta a una encrucijada existencial: 

Seguir siendo el peón sería continuar permitiendo que la OTAN y el Comando Sur dicten la agenda de seguridad en la frontera, sirviendo de "gendarme" para los intereses del capital transnacional o más bien, asumir la Doctrina Bolivariana y entender que la suerte de Venezuela es la suerte de Colombia. Como decía Chávez, somos "el mismo pueblo en dos repúblicas".

No nos llamemos a engaño, el imperio busca reactivar a Colombia como plataforma de agresión. Por eso, la "preocupación" de Washington por la democracia venezolana suele venir acompañada de presiones al gobierno colombiano para que se alinee con las sanciones o sirva de caja de resonancia para la desestabilización.

La postura militante desde Colombia debe ser clara: Ni un milímetro de territorio colombiano para la agresión contra Venezuela. La frontera no puede ser una trinchera para los planes del Pentágono, sino el puente de la integración que soñó Bolívar.

La paz de Colombia pasa, inevitablemente, por la estabilidad de Venezuela. Quienes desde Bogotá aplauden las sanciones o piden "mano dura" contra Caracas, están pidiendo fuego para su propia casa.

Finalmente, Hugo Chávez nos dejó una brújula que no ha perdido el norte: "Unidad, lucha, batalla y victoria". Ante la reactivación de las amenazas imperiales, la respuesta no puede ser la tibieza diplomática.

La defensa de Venezuela es la defensa de la posibilidad de ser autónomos en nuestro propio continente. Si cae Venezuela, la bota imperial pisará con más fuerza sobre Bogotá, La Paz y Brasilia. Hoy más que nunca, la consigna sigue vigente.

 ¡Alerta, alerta, alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina!